Moribundos y Adoloridos - parte 1

Así se miraron mutuamente los Perros Borrachos quienes, después de despertar de su visita a la esquiva Biblioteca Subterránea, tuvieron que pelear por su vida contra un grupo de maleantes goblins que los atacaron apenas los vieron, con la esperanza de sacar réditos de su situación.

Estaban allí, en medio del paisaje montañoso y gélido, sumamente cansados, heridos y habiendo sobrevivido aquel ataque que, de haber estado en plena forma no les habría costado repeler, pero que debido a la vulnerable situación en que los dejó su visita a aquel espacio mental, fue todo un reto manejar. Un reto del que no todos salieron con vida.

La nieve caía para endurecer las manchas de sangre en sus cuerpos y armaduras, pero no conseguía anestesiar el dolor y la fatiga que sentían. Uno de ellos había muerto. Un hechicero curioso, con las costillas rotas y un pasado noble completamente olvidado. Sus padres no habrían podido reconocerlo.


Arzia, al escuchar a lo lejos otro grupo de goblins que, muy seguramente no tendrían intenciones pacíficas para con ellos, les dijo con notable premura:

-       - ¡Debemos huir de aquí! Por el filo de la montaña podemos tirarnos. ¡Ya! ¡Es nuestra mejor opción!

Yhibu, con su soga animada mágicamente atada al muñón izquierdo ejerciendo como mano, trataba de acariciar el frío cuerpo de Melvure. Le parecía increíble que tantas cosas malas le pudiesen suceder en tan poco tiempo: ¿cómo pudo pasar de tenerlo todo estando en la cima de una poderosa organización y poseer subordinados, a quedarse atorada en la falda de una montaña en medio de la nada, condenada a portar una asfixiante máscara que apenas le dejaba comer y respirar; sin una mano y junto al cadáver de alguien con quien, si bien no llevaba mucho tiempo de conocer, empatizaba honestamente? Era como si estuviera condenada a ver morir a todo aquel por quien sintiera un mínimo afecto y perder todo lo medianamente relevante que pudiera conseguir.

Arzia, concentrada en resolver la situación en que se encontraban, con el pragmatismo y la falta de diplomacia que la caracterizaban en estas situaciones, intentó sacarla de sus lamentaciones:

- ¡Vamos niñita! ¡No tenemos tiempo para esto! – gruñó afanada.

Aquello detonó la reacción de la elfa, quien le contestó rabiosamente, iniciando una seguidilla de amenazas mutuas.

- Es cierto, no tenemos tiempo. Los goblins se acercan. Vayámonos ya. – medió Rak-Tak, con un tono conciliador. Tratando de encausar las energías de ambas hacia la urgente necesidad de escapar.

Yhibu se afanó a terminar de revisar las pertenencias de Melvure tan pronto como pudo antes de emprender la huida. Era un acto reflejo. Al fin y al cabo, si eras ladrón… siempre serías ladrón.

El grupo emprendió la huida, abandonando el cadáver de su compañero caído. Sabían que llevarlo con ellos los retrasaría, lo que haría que los goblins, que ya estaban cerca, les rastrearan y alcanzaran fácilmente.

Con mucha dificultad lograron tirarse por el filo de la montaña. Macandal rebotó contra el suelo, perdiendo el sentido. Rak Tak, se golpeó bastante fuerte, pero se mantuvo en pie. Una suerte semejante corrió Arzia, quien cayó de espaldas y se incorporó sobándose adolorida. Grey Von besó el suelo y no supo más de si, siendo arrastrado por Arzia el resto del camino. Yhibu tropezó, cayó y se golpeó por todo el camino, hasta quedar desmayada a los pies de Rak Tak, quien la llevó cargada por lo que faltó del viaje de regreso a la vez que él y Arzia arrastraban a Macandal.

Se devolvieron a la casa del viejo Diógenes. Con un paso muy lento. En un trasegar tortuoso en el que cada tanto escupían sangre, sentían mareos recurrentes y el aire entraba pesado en el pecho. Pero lograron llegar.


Nadie abría la puerta del patio de entrada cuando tocaban y su mascota rinoceronte, allí recluida, se encontraba visiblemente herida, con varias flechas incrustadas en el cuerpo, aunque de pie y con vida. Macandal, quien hacía poco había recuperado la consciencia, intentó abrir la entrada, pero su fuerza estaba tan decaída que terminó siendo golpeado por el rebote del portón, desmayándose nuevamente. Al instante Rak Tak también lo intentó, con más éxito. Cuando entró a la casa, se encontraron con el viejo Diógenes o, mejor dicho, con su cuerpo inerte sentado a la mesa en la sala de la casa. Al parecer, se había suicidado, dejando a su lado sobre aquel mueble lo que parecía ser una carta de despedida.

Todos se comportaron fríamente. Sin dar mayor relevancia a aquel hecho ni lamentar en algo el deceso de aquel desconocido que, sin saber mucho de ellos, les había tendido la mano. Ni su breve relación con él, ni las tristes causas aparentes de su suicidio les conmovieron en lo más mínimo. Al parecer sus cabezas estaban tan destrozadas, que fueron incapaces de procesar alguna emoción. Eso o el afán de supervivencia los volcó totalmente hacia sus propias necesidades.

Una vez descansaron, todos se sentían mejor, pero aún tenían hambre y seguían agotados. Arzia, quien vigiló toda la noche, notó cómo había una especie de revuelta a las afueras de la casa, alguna especie de combate entre múltiples contendientes del que solo le llegaban gritos de pelea y del choque de armas, pero del que no logró ver nada en medio de la espesa oscuridad en el interior del bosque, así que permaneció en silencio. Su experiencia le decía que verse envueltos en un nuevo combate sería el peor de los escenarios posibles para el grupo, por lo que ocultarse y no intervenir en lo que fuera que estuviera pasando en el exterior de la casa sería lo mejor, aunque ello significara no entender lo que estaba pasando.

Yhibu salió, por fin, de su desvanecimiento. Luego de haber dormido poco menos de diez horas miró a Macandal, quien se encontraba semidesnudo y abrazando su espada. Se sobresaltó al notar que ella estaba en una vestimenta semejante y, molesta, procedió a despertar a Macandal vociferando. Este no entendía qué ocurría e inmediatamente empezó a vestirse con ropa más adecuada y ponerse su armadura.

Ante el escándalo, Rak-Tak se acercó a la habitación. Les explicó que Arzia y él los habían cargado hasta el lugar cuando quedaron inconscientes y hecho guardia toda la noche, turnándose la labor para también poder descansar. Además, les contó que él les había cuidado durante su turno, quitándoles las cosas pesadas que llevaban encima para que pudieran dormir bien y recuperarse, así como acomodándola de vez en cuando si veía que la máscara no le dejaba respirar o poniéndola de lado para que no se ahogara en caso de toser sangre.

- ¿Por qué haces eso? ¿Po-por qué haces esas cosas? ¿No somos tu familia ni nada por el estilo? ¿Por qué…? – exclamó Yhibu, casi en shock por ese comportamiento que, en su forma de ver la vida, era tan extraño.

- No necesitas ser familia para ayudar a los demás, Yhibu… – le contestó sin mirarle aquel enorme semiorco de aspecto feroz, mientras estaba arrodillado frente a ella atando los cordones de sus zapatos, poniendo uno a la vez sobre su muslo derecho. Él sabía que, sin una mano, esa tarea, tan aparentemente sencilla, sería para ella toda una odisea y ella, de forma totalmente inconsciente, dejaba que él le moviera delicadamente los pies para hacerlo.

Cuando terminó de atar el segundo, se levantó sacudiendo con su enorme mano el polvo que los zapatos de la elfa le habían dejado en la pierna derecha, la miró a los ojos a través de aquella horrible máscara, le sonrió levemente con una evidente satisfacción en el rostro por verla superar aquella noche tan difícil, y se dio la vuelta para ayudar a Macandal con la acomodación de una pieza en la espalda de su armadura.

Aquella ayuda desinteresada y la bondad de esa sonrisa la petrificaron al instante. Se quedó de pie, erguida pero con los brazos caídos, estupefacta. Mirando en absoluto silencio cómo ayudaba a Macandal con su armadura y, mientras tanto, bajo la oscuridad de aquella condena arcana que ocultaba su rostro, dos lágrimas rodaron por sus mejillas maltratadas, una de ellas escapando del parche que cubría su cuenca ocular vacía. Nadie las vio. Nadie más lo supo… ni siquiera ella que, absorta, no las notó. Tardaron solo dos o a lo mucho tres minutos en dejar la habitación para permitirle cambiarse con comodidad, pero la extraña sensación que inundaba su pecho hizo que se sintieran como si fueran horas.



Cuando ambos salieron, el sonido de la puerta al cerrarse la sobresaltó abruptamente. Respiraba asustada por aquella señal que la devolvió al mundo real y, poco a poco, comenzó a ralentizar el ritmo de sus exhalaciones.

Por un instante se quedó allí. Sola. De pie. En silencio… y así mismo, en silencio absoluto, bajó la mirada hacia sus zapatos recién amarrados.

Rak Tak y Arzia salieron diciéndoles que iban a buscar alimento, advirtiéndoles que afuera podría haber problemas, pidiéndoles que descansaran otro rato y se mantuvieran ocultos. Pronto volverían con alguna presa que encontraran en el bosque.

Macandal los despidió y montó guardia en el lugar, ocultándose en el interior de la casa. Desde la ventana por la que se asomaba cada cierto tiempo para vigilar el bosque circundante, aguardaba el regreso de sus compañeros y su estómago montaba guardia por la comida que traerían. Sin proponérselo pudo observar el cadáver de Diógenes en una tienda de campaña desplegada en el patio, dispuesto de tal forma que no podría ser visto desde las afueras.

Mientras tanto, la elfa que le acompañaba en la casa, ya apropiadamente vestida (tan apropiadamente como su situación les permitía), escribía en su diario:

“Los semiorcos son criaturas extrañas. A pesar de ser unos animales salvajes, pueden mostrar la compasión y solidaridad de un elfo”.



 

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